Manzanares en la Historia (un legado milenario)
De la Prehistoria a la Transición democratica”
AUTORES: Centro de Estudios Manzanareños (CEM)
Coordinación: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco
Prehistoria y Edad Antigua: Alfonso Monsalve Romera
Edad Media: Juan Á. Gijón Granados
Edad Moderna: Antonio Bermúdez García-Moreno
Edad Contemporánea: Antonio Bermúdez García-Moreno, Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas y Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco
PREHISTORIA (2000 a. C. al 1350 a. C.)
Para conocer el inicio del poblamiento humano en Manzanares, quizás contra el imaginario popular, hay que remontarse a la Prehistoria que, en el caso de la localidad, sigue siendo un periodo de estudio con potencial desconocido dado que arqueólogos e historiadores aún no han tenido la oportunidad de estudiar en profundidad sus restos materiales.
No obstante, los primeros ejemplos de poblamiento confirmados en el término municipal, como mínimo, se remontan a la Edad del Bronce. Aun sin realizar excavaciones arqueológicas, los investigadores son capaces de ubicar y datar estos asentamientos, a través de prospecciones arqueológicas, en algún punto cercano al 2000 – 1600 a.C.
La Edad del Bronce fue un periodo de cambios significativos, con una incipiente especialización, mejoras en la tecnología agrícola, un aumento en el contacto entre poblaciones y una mayor complejidad social. En Manzanares, la Cultura de las Motillas se desarrolló durante esta época. Esta cultura se caracteriza por la construcción de poblados, en ocasiones, fortificados y especializados, incluyendo las motillas (poblados en llanura), morras y castellones (poblados en altura), y asentamientos estacionales en llano, además de monumentos sepulcrales de reciente descubrimiento. Yacimientos de este periodo se encuentran en los parajes de El Ciervo, Sierra Pelada o La Mesnera. Más sorprendentes son los restos de cerámica a mano de esta época bajo la calle Mayorazgo.
EDAD ANTIGUA (1350 a. C. al siglo IV d. C)
Alrededor del 1350 a.C., la Cultura de las Motillas desapareció, posiblemente debido a cambios climáticos y sociales, aún objeto de debate. Posteriormente, a principios del primer milenio a.C., la península ibérica experimentó un nuevo dinamismo, impulsado por el contacto con los fenicios, griegos y la posterior eclosión de la cultura ibérica. Manzanares, al igual que el resto de la península, no fue ajeno a estos cambios.
Su territorio se integró en la cultura ibérica, dentro del territorio conocido como Oretania. Esta cultura se organizaba en torno a grandes ciudades (oppida) como Alarcos o el Cerro de las Cabezas, que administraban una red de asentamientos rurales de menor tamaño. En Manzanares, se han identificado yacimientos íberos de reducida dimensión en Los Yedros, Siles
Finalmente, la llegada del poder romano, las guerras púnicas y la posterior conquista transformaron la organización política y social ibérica. Durante la República y el Imperio Romano, la economía y poblamiento local parece basarse en pequeños establecimientos rurales dedicados a la agricultura y la ganadería. Algunos yacimientos de época romana se han documentado en el paraje de Siles, confirmando la continuidad del poblamiento en la zona a lo largo de los siglos.
Estos yacimientos son solo algunos ejemplos. Es posible, con nuevos estudios, que el número de yacimientos pueda incrementarse aumentando la riqueza arqueológica de la localidad e, incluso, retrotraigan las fechas de ocupación humana en la misma. Además de los yacimientos datados en Manzanares, catalogados por la Administración regional o incoados en la Carta Arqueológica Municipal, existen otros yacimientos potenciales que requerirían protección legal para su preservación y posterior estudio.
EDAD MEDIA (siglo V al siglo XV)
Observando ya el futuro territorio de Manzanares estaba la torre de La Mesnera, en la confluencia de los términos municipales de Moral de Calatrava y Manzanares. Por sus características arquitectónicas podría ser de origen romano, extremo por determinar. En el actual yacimiento queda un resto de uno de sus muros en la base de una torre cuadrada (sus restos en el siglo XIX eran unos 4 metros de ancho y más de 6 metros de alto). Esta sería reutilizada por musulmanes y cristianos en la Edad Media como punto de comunicación con las fortalezas más próximas. M. Corchado Soriano (1913-1980) indica que, durante el siglo XVIII, la dehesa de Siles se dividía en ocho parcelas, una de ellas recibía el nombre de “Castillo” que era una referencia a esta torre en la Mesnera descrita como “pequeño castillo”. Existe la posibilidad de que existiera más de una torre en la zona.
La llegada del dominio musulmán a la península es una etapa más de su expansión desde Asia por el Mediterráneo y Europa. Se produce un primer control militar del territorio al instalarse en La Mancha. La necesidad de crear una red de fortalezas para la seguridad comercial hizo crear pequeños asentamientos, como Moratalaz, que defendían esta actividad económica. Con la creación de Al-Ándalus la capital se ubica en Córdoba y la península se dividió en 22 coras o provincias, heredadas de los visigodos, para su gestión administrativa y militar. Cerca del actual Manzanares la ciudad más importante era Calatrava La Vieja, situada en la actual localidad de Carrión de Calatrava. Allí existía un gobernador del que dependían otros pequeños asentamientos cercanos como Moratalaz y Argamasilla de Pilas Bonas, en el término que hoy ocupa Manzanares.
Con el esplendor del Califato de Córdoba se ubicaba una fortaleza califal en el siglo X en Moratalaz. Situada estratégicamente entre las coras de Jaén y Toledo. Se trataba de una zona poco poblada y fronteriza que servía de abrigo para las comunicaciones por tierra. Esta pequeña guarnición del ejército hispanomusulmán sería útil en las sublevaciones por los aumentos de impuestos, cobijo para el comercio y defensa frente a las algaradas y cabalgadas de los núcleos cristianos del norte peninsular.
Debió ser un lugar abandonado por los musulmanes por su poca importancia y su imposible defensa al ubicarse en un llano. La Orden de Calatrava la tendría poco poblada reutilizando su castillo califal probablemente hasta la crisis epidémica de mediados del siglo XIV. Dada la reorganización de Manzanares como lugar amurallado probablemente su poca población emigró ante la inseguridad de los tiempos. Allí quedaba en un alcor, una pequeña elevación sobre el terreno llano, una fortaleza con dos torres abandonada que en el siglo XV era utilizada por los pastores como refugio. En la actualidad los restos que quedan son parte de la torre más alta y su antiguo pozo.
Los recientes estudios de Clara Almagro (2014-2016) determinan una población musulmana (mudéjar) dispersa a modo de granjas o casas (además del punto ligado al castillo califal) en el término de Moratalaz con huellas de una fuerte actividad de regadío.
La Crónica de Calatrava de fray Francisco Rades y Andrada, indica que en el año 1198, una fuerza militar mandada por Martín Martínez, Comendador Mayor de la Orden, realizó una arriesgada incursión en territorio enemigo que acabó con la toma por sorpresa del castillo de Salvatierra. Rades escribe su historia en 1572 afirmando que el pequeño ejército calatravo entró en campo musulmán por las partes de Manzanares; es decir, por el lugar donde medio siglo después se levantaron la casa fuerte y villa de Manzanares.
Está ya admitido por todos los historiadores que el torreón de Manzanares, embrión del futuro castillo y lugar habitado, surgió a raíz de la victoria que la coalición de ejércitos cristianos obtuvo sobre los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa librada el 16 de julio de 1212.
La donación de territorios conquistados a las órdenes militares por parte de Alfonso VIII obligó a efectuar los deslindes entre las que correspondieron a Calatrava y Santiago. El pacto se firmó con toda solemnidad en el castillo del Tocón el domingo 4 de septiembre de 1239. A partir de este momento, el maestre de la Orden de Calatrava frey Martín Ruiz de Cevallos ordenó construir en el límite de sus dominios un torreón almenado como señal de posesión y punto de vigilancia. Esta primigenia torre daría lugar al nacimiento de Manzanares. Poco después se instituyó la encomienda para atraer colonos y poner en producción los nuevos dominios. Ya en 1284 nos consta la existencia de un comendador como cabeza de la organización territorial.
El concejo de vecinos tenía como representantes a dos alcaldes con mandato anual, uno por el estamento noble y otro por el de pecheros, que recibían la vara símbolo de su autoridad de manos del comendador el 23 de septiembre a la puerta del castillo.
Durante algún tiempo la encomienda quedó vinculada a la clavería (tercera dignidad de la Orden), siendo su titular Juan Núñez de Prado. A mediados del siglo XIV el lugar contaba con unas 200 casas y una población cercana al millar habitantes dedicados principalmente a la agricultura y cría de ganado de tiro y de subsistencia (ovejas, cabras, cerdos, aves de corral, y algunas vacas). Existían algunos artesanos de oficios imprescindibles como herreros, albañiles y carpinteros. El aumento de población fue paralelo al de superficie cultivada y número de cabezas de ganado lanar y caprino, de modo que Manzanares se convirtió con el paso del tiempo en una encomienda muy rentable.
La Orden percibía los dos tercios de los diezmos recaudados en la encomienda, entregando otro tercio al arzobispo de Toledo. El cobro del impuesto y su reparto se hacían en el propio castillo hasta mediados del siglo XVI cuando el comendador Alonso Fernández de Córdoba y Aguilar, marqués de Priegoconstruyó la llamada casa de la Tercia, con mayor capacidad de almacenaje de los diezmos entregados en especie. La Clavería ingresaba, además, cantidades importantes por el cobro de portazgos y montazgos que los ganados trashumantes debían abonar al atravesar sus dominios por las antiguas cañadas.
EDAD MODERNA (finales del siglo XV al siglo XVIII)
En 1487 los Reyes Católicos pasaron a ser administradores de la Orden de Calatrava. A partir de ese momento la encomienda de Manzanares se convirtió en una forma de comprar fidelidades de ciertos miembros de la nobleza o compensar económicamente a generales distinguidos. Más tarde serían los propios miembros de la familia real los beneficiados con el título de comendador. Todos ellos residían en la Corte y delegaban sus funciones en un alcaide-administrador que residía en el castillo.
El 10 de octubre de 1480 se adjudicó al lugar un término propio, siendo elevado a la categoría de villa por Fernando el Católico en 1512 pocos años después de que el cadáver de Isabel pernoctase en el castillo durante su periplo desde Medina del Campo hasta su última morada en la catedral de Granada. La fisonomía urbana se transformó con el traslado de los centros administrativos a la actual plaza. Allí se ubicó la audiencia, el nuevo ayuntamiento que antes estuviera en la calle Orden de Alcántara, la cárcel y la casa de la carnicería. Frente a los edificios municipales, a finales del siglo XV comenzó la edificación de un nuevo templo parroquial que vino a sustituir la iglesia vieja cercana al castillo. Sería inaugurado en 1520.
Entre los siglos XVI y XVII una treintena de vecinos participaron en la aventura americana como exploradores, conquistadores o colonizadores. Tal vez el más relevante fue Juan de Salinas la Cerda, un bravo militar que llegaría a ser gobernador de Costa Rica y Nicaragua.
A mediados del siglo XVI llegó a la villa don Pero Hernández Salinas como alcaide del castillo. Su hijo Juan Bautista levantó entre 1585 y 1587 el convento de religiosos Carmelitas Descalzos en terrenos anexos a la iglesia vieja. Pocos años después la familia hidalga de los Quesada impulsó la creación de un segundo convento de religiosas Concepcionistas Franciscanas de clausura, inaugurado el 26 de abril de 1592.
Desde finales del siglo XVI está documentada la existencia del pósito de grano, almacén regulador en manos del concejo que almacenaba trigo en épocas de buenas cosechas para proveer el mercado y regular los precios en épocas de escasez. Y es que las malas cosechas de cereales eran frecuentes a causa de las plagas o fenómenos meteorológicos adversos. En 1674 se inició una serie de años calamitosos para la agricultura agudizados por el aumento de la presión fiscal y la caída de las rentas. Los años comprendidos entre 1677 y 1687 fueron conocidos como “la década trágica” ya que las penurias sufridas ocasionaron la pérdida de la tercera parte de la población. Los nietos de Juan Bautista Hernández Salinas, los Chacón Salinas, alcanzarían altos cargos políticos y militares en Sicilia; méritos que les procuraron la condición de nobles bajo el título de marqueses de Salinas. Cuando Sicilia y Nápoles dejaron de pertenecer a la monarquía hispánica, sus descendientes recuperaron las antiguas posesiones en Manzanares, así como la casa solariega de la calle del Carmen.
El 22 de enero de 1711 tomó de posesión como nuevo comendador don Íñigo de la Cruz Manrique de Lara y Ramírez de Arellano, conde de Aguilar, general de los ejércitos de Felipe V. Su decisión de habitar en la villa constituyó un hecho singular que sorprendió a los vecinos. Además de atender las obligaciones de su cargo tuvo una intensa actividad como terrateniente en su finca conocida como Casa del Conde a la que dotó de un ingenioso sistema de regadío aprovechando las aguas sobrantes del caz de los molinos.
La mejora de las comunicaciones en el Camino Real de las Andalucías, con la apertura del paso de Despeñaperros en 1786, convirtió a la villa de Manzanares en paso obligado de diligencias y viajeros apareciendo en pocos años una docena de posadas y mesones. También favoreció el comercio con la Corte surgiendo un potente negocio vinculado al transporte de mercancías.
Durante todo el siglo XVIII destaca la presencia en la villa de un funcionario real, el alcalde mayor, cuya misión principal consistía en evitar los abusos de poder que venían protagonizando los alcaldes ordinarios y regidores, cargos comprados por hidalgos codiciosos que llegaron a convertirse en hereditarios.
EDAD CONTEMPORÁNEA (siglo XIX a finales del siglo XX)
El XIX es el siglo de las revoluciones liberales, que supusieron la transición desde el Antiguo Régimen de las monarquías absolutas a los estados liberales regidos por constituciones y gobiernos parlamentarios
En España, esta lenta transformación estuvo jalonada por guerras civiles, pronunciamientos militares y revoluciones populares. En este turbulento periodo de nuestra historia no sólo lucharon los nostálgicos del absolutismo contra los liberales, sino que entre las diferentes corrientes del liberalismo hubo profundos enfrentamientos que se complicarán aún más a finales del siglo con la aparición de nuevas opciones políticas como los republicanos, los nacionalistas o el incipiente movimiento obrero. Podemos afirmar que esta lucha se prolongó durante buena parte del siglo XX hasta que la Constitución de 1978 pudo asentar firmemente la democracia en nuestro país.
Hay una percepción de que el XIX fue un siglo perdido en la historia de España, pero debemos recordar que esta inestabilidad política no fue algo exclusivo de nuestro país, muchas naciones europeas comparten una trayectoria similar. Francia tuvo durante esta centuria todo tipo de regímenes políticos (repúblicas, imperios, monarquías de diferentes casas reales) salpicados de numerosas revoluciones y humillantes derrotas militares. Es más, en la actualidad hay importantes países, como Rusia o muchas naciones hispanoamericanas, que no han conseguido culminar con éxito su transición hacia el estado liberal.
¿Qué papel jugó Manzanares durante todo este periodo? Podemos afirmar que nuestra localidad fue punta de lanza del liberalismo en una provincia, como la de Ciudad Real, en la que el absolutismo estaba firmemente arraigado. Importantes episodios de la revolución liberal, con gran repercusión en la política nacional, tuvieron lugar en Manzanares.
La Guerra de la Independencia (1808 – 1814)
El acontecimiento central de las primeras décadas del siglo fue la guerra de la Independencia (1808-1814) contra las tropas napoleónicas. La ubicación estratégica de Manzanares en el Camino Real entre Madrid y Andalucía provocó que la población sufriera especialmente los estragos de la guerra. El paso continuo de ejércitos por la localidad y las diferentes ocupaciones de las tropas francesas entre 1808 y 1813 provocaron enormes daños materiales en inmuebles, industrias, ganados y cultivos. Manzanares fue designada como capital provincial lo que intensificó aún más la dañina presencia del ejército francés en la localidad.
Durante este conflicto bélico sucedieron hechos que han pasado a formar parte nuclear de nuestra historia: el asalto por parte de los vecinos al hospital francés en 1808, en los días previos a la batalla de Bailén, y el encuentro del párroco Álvarez de Sotomayor con el general Sebastiani el Viernes Santo de 1809.
Gracias a los trabajos de José Antonio García-Noblejas y al denominado Manuscrito de la Merced tenemos información muy detallada de los padecimientos de los manzanareños durante este periodo. El Manuscrito de la Merced tuvo su origen en la iniciativa de Esteban Ramón Sánchez de León, párroco en Ciudad Real, de escribir una historia de la provincia de La Mancha. Para ello, solicitó a autoridades civiles y religiosas de todos los pueblos de la provincia que redactaran una historia de cada localidad. Manzanares fue una de las pocas poblaciones que respondió el requerimiento. Cinco ilustrados vecinos de Manzanares escribieron las Memorias para la historia de la villa de Manzanares, provincia de La Mancha, hasta el año 1814, más conocido como Manuscrito de la Merced por conservarse el documento original en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced de Ciudad Real. El manuscrito se centra en los recientes acontecimientos de la guerra de la Independencia de la que los autores eran testigos directos.
El documento destaca el comportamiento heroico de los manzanareños y es posiblemente un primer intento de combatir la acusación de colaboracionistas con los ocupantes franceses que como leyenda negra ha recaído sobre la localidad.
Los autores del Manuscrito de La Merced se refieren a la especial contribución de los manzanareños para hacer posible el fracaso de los planes enemigos, mediante la arriesgada labor de la interceptación de postas, lo que acabó resultando fundamental para el éxito de las tropas españolas, el 19 de julio de 1808, en la Batalla de Bailén, que supuso la primera gran derrota del ejército napoleónico en Europa en campo abierto. En la página 26 del manuscrito confirma este criterio el mismo general Castaños, quien días después lo manifiesta públicamente en Manzanares.
Asimismo, los autores dan cuenta de que el vecindario obligó “a los setecientos franceses que dejaron de guarnición a refugiasen en el Castillo; quienes no quisieron entregarse hasta que vinieron tropas de línea, por temor al paisanaje”.
A finales de 1808, en la segunda irrupción de tropas francesas; cien soldados de caballería se presentaron pidiendo raciones para la tropa y fueron rechazados con fuego por los manzanareños, dejando seis muertos en la retirada. Si bien volvieron días después doscientos sesenta, también a caballo, pidiendo la rendición de la Plaza, que no les fue concedida porque, además, la localidad ya contaba con tropas de las llegadas de Bailén, y les hicieron retroceder y marcharse causando otras dos bajas más.
Por todos estos hechos, el 29 de diciembre de 1808, la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino otorgó el título de «´Fidelísima Villa» a Manzanares, en reconocimiento al valor y heroicidad mostrados.
Y después de la Batalla de Ocaña, el 12 de diciembre de 1809, las tropas francesas “todavía, vinieron para mayor duración, hasta el 24 de junio de 1812, estableciendo en Manzanares la Prefectura; Tribunal Criminal y Cuartel General con gobernador de la Provincia; y la logia masónica, también”, señalan. Los autores del texto también describen las vicisitudes y penalidades que padeció Manzanares en estos tres últimos años. Es en la página 31 del manuscrito, en donde el ya ascendido general Freyre, a su paso y de vuelta, terminada la contienda, dijo, en relación al valor de los españoles, aquello que quedaría para los anales de la Historia: «…de España, La Mancha; y de La Mancha, Manzanares».La guerra de la Independencia también provocó el inicio de la revolución liberal en España cuando los patriotas que luchaban contra el invasor francés aprobaron la Constitución de Cádiz de 1812. Este primer episodio de gobierno constitucional tuvo un breve recorrido ya que Fernando VII restauró de nuevo el absolutismo en 1814 y desató una feroz represión contra los liberales.
El Trienio Liberal (1820 – 1823) y Manzanares convertida en la Cádiz de La Mancha
El pronunciamiento del coronel Riego inició el denominado Trienio Liberal (1820-1823) en el que estuvo vigente de nuevo la Constitución de Cádiz. Las potencias europeas preocupadas por el posible contagio a sus países de la revolución liberal enviaron el ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con el régimen constitucional y reponer los poderes absolutos de Fernando VII. En 1823, Manzanares fue el último baluarte de las autoridades liberales en la provincia, acosadas por las guerrillas absolutistas y el ejército invasor. Esta resistencia de Manzanares convirtió a nuestra localidad en “la Cádiz de La Mancha”.
La Primera Guerra Carlista (1833 – 1840)
La muerte de Fernando VII en 1833 desencadenó una nueva guerra civil en España, la denominada Primera Guerra Carlista (1833-1840), entre los seguidores del infante Carlos María Isidro y los de su sobrina, la reina Isabel II. Los primeros, denominados carlistas, defendían el mantenimiento del absolutismo, mientras que en torno a Isabel II se agruparon los liberales que aspiraban a instaurar un régimen constitucional.
En la provincia de Ciudad Real el conflicto bélico se caracterizó por una cruenta guerra de guerrillas protagonizada por partidas carlistas.
Por el contrario, nuestra localidad fue uno de los principales bastiones liberales duranta la Primera Guerra Carlista, de tal forma que en 1837 se debatió en las Cortes convertir a Manzanares en la capital provincial. Se consideraba que era el lugar más seguro para albergar a instituciones como la Diputación provincial o el Gobierno Civil ya que era el pueblo más afín al nuevo régimen liberal y el que, además, contaba con una Guardia Nacional muy numerosa, formada por vecinos voluntarios, que protegería a las autoridades provinciales ante posibles ataques de los carlistas.
Recién terminada la Primera Guerra Carlista con el triunfo de los liberales, Manzanares estuvo de nuevo a punto de ser designada como capital provincial. En 1841 el ministro de Gobernación Facundo Infante lanzó un nuevo plan de reforma de la organización provincial. Este nuevo proyecto de división provincial fue liderado por Fermín Caballero, geógrafo, político y escritor conquense, que adjudicó a Manzanares la capitalidad de la provincia de La Mancha. Los continuos cambios de gobierno impidieron aprobar el proyecto, a pesar de que llegó a retomarse esta reforma en dos ocasiones más, en 1847 y 1856.
En el ecuador del siglo XIX, Manzanares no sólo destacaba en el contexto provincial sino que también sobresalía en el escenario nacional. De hecho, según el censo de 1857 alcanzaba una población de 10.257 habitantes, lo que la convertía en una de las 100 ciudades más pobladas de España, por encima, incluso, de una decena de capitales de provincia.
Los liberales no sólo se tuvieron que enfrentar a los carlistas, sino que, además, se desató una profunda lucha interna entre las dos grandes corrientes existentes en su seno: moderados y progresistas. Sus posiciones variaban respecto al poder que debía conservar la Corona, la extensión del derecho de voto o la relación de la Iglesia con el Estado. Manzanares fue escenario central de importantes episodios históricos de esta lucha entre los moderados y progresistas.
En 1835, el Gobierno moderado era objeto de duras críticas por no haber proclamado todavía una Constitución, a pesar de que habían pasado casi dos años desde la muerte de Fernando VII, y por los fracasos militares en la lucha contra los carlistas. En el verano de 1835 levantamientos progresistas estallaron por toda España, teniendo su punto culminante en el amotinado Ejército de Andalucía que estableció su cuartel general en Manzanares entre los meses de septiembre y octubre. El conde de las Navas, líder político del Ejército de Andalucía, redactó dos manifiestos, uno desde Santa Cruz de Mudela y otro desde Manzanares, en favor de la convocatoria de unas Cortes Constituyentes y animando a las milicias madrileñas a sumarse a la sublevación. Estos motines consiguieron finalmente derrocar a los moderados y llevar al progresista Juan Álvarez de Mendizábal a la jefatura del Gobierno. Estos hechos son un claro precedente histórico del aún más relevante Manifiesto de Manzanares de 1854.
El Manifiesto de Manzanares (1854)
En 1854, España vive inmersa en una grave crisis política y social. El ambiente de corrupción que se ha instalado en el Gobierno y su entorno, unido al abuso de poder, la carestía de los precios, el deterioro económico y la irrupción de una dramática epidemia de cólera crean el caldo de cultivo de una creciente insatisfacción. Un escenario que parece inspirarse en los episodios revolucionarios que han sacudido Europa desde 1848.
En el mes de febrero, Zaragoza registra un primer pronunciamiento de militares afectos al Partido Demócrata, escisión del Partido Progresista, que aunque sofocado por el Gobierno, alimenta la conjura que, desde principios de año, urden algunos generales de prestigio.
Finalmente, el 28 de junio, los militares moderados Leopoldo O’Donnell, Félix de Messina y Antonio Ros de Olano, junto al progresista Domingo Dulce desafían al ejército gubernamental en Vicálvaro, a pocos kilómetros de la capital. La batalla concluye sin un claro vencedor y los sublevados deciden refugiarse en Aranjuez.
Allí, el día 2 de julio, según relata Cristino Martos, intelectual demócrata implicado en la conspiración y testigo directo en la batalla de Vicálvaro, los insurrectos parlamentan con el comisionado de Isabel II, el brigadier Fernando Satisesteban, al que informan de sus exigencias y de su programa político. Durante la entrevista, le comunican que «caerían por Manzanares el 7 o el 8 de julio, dispuestos a no combatir hasta aquel pueblo, pero que una vez allí, si se les presentaba la batalla, no serían ellos quienes la rehusasen; que en Manzanares harían alto y esperarían la contestación de la Reina». La respuesta de Palacio consistió en «enviar una columna al mando de Blaser y el conde de Vistahermosa, con el encargo de seguirles la pista sin darles nunca alcance».
A partir de entonces, los rebeldes emprenden una retirada táctica, que les lleva a atravesar La Mancha (aprovechando, por primera vez, la línea ferroviaria recién inaugurada). Mientras tanto, el día 4 de julio, Antonio Cánovas del Castillo, secretario personal de O’Donnell que permanece en Madrid en el comité de retaguardia, decide abandonar la capital del Reino e ir al encuentro de los alzados. Su objetivo es persuadirles de la necesidad de convertir el levantamiento militar en una auténtica revolución popular sumando las fuerzas progresistas al movimiento para aumentar su respaldo y legitimidad. Tras avistar a parte de la tropa el día 4 en Puerto Lápice, alcanza el día 6 al grueso de la columna en Villarrubia e, inmediatamente, expone su planteamiento. Un día después, llegan a Manzanares, donde se incorpora al complot el militar progresista Francisco Serrano, que apuntala esa estrategia. Todos aspiran a fijar «las bases definitivas de la regeneración liberal», es decir, a que la libertad, el orden y la moralidad presidan la vida pública.
Los uniformados se hospedan en distintas viviendas de la localidad. O'Donnell lo hace en el domicilio de Francisco González-Elipe, diputado, dramaturgo y gentilhombre de Su Majestad. Su secretario, en la casa del alcalde en funciones, Pablo González-Calero, situada en la calle Empedrada número 6.
En ese lugar, el día 7 de julio por la tarde, Cánovas redacta el Manifiesto que cambiaría la Historia de España. Un «golpe de gracia» que impulsaría la Revolución, provocaría la caída del Gobierno de Luis Sartorius y forzaría el exilio de la Reina Madre María Cristina de Borbón, dando paso al llamado Bienio Progresista; en realidad, el primer gobierno de fusión o concentración de la Historia de España, entre moderados puritanos y progresistas templados, presidido por Baldomero Espartero, junto al propio O’Donnell en el Ministerio de la Guerra. Ese período sirvió de faro para la elaboración de la Constitución non nata de 1856 y aceleró la creación de la Unión Liberal, un nuevo partido político concebido como fórmula integradora, en el que militarían, entre otros, O’Donnell, Cánovas, Ríos Rosas o el general Prim, entre otros, para desempeñar un papel crucial en el devenir político del siglo XIX.
El espíritu y alcance del Manifiesto de Manzanares fue resumido por el ya citado Cristino Martos en su libro «La Revolución de julio en 1854», publicado pocos meses después de ocurridos los hechos. «La columna”, relata, “salió de Tembleque en dirección al pueblo de Manzanares, donde en una hoja de papel iba a ser escrita la frase de fuego sencilla y poderosa que había de servir de base a una revolución, en su nacimiento la más grande y fecunda de nuestra Historia moderna”.
El gobierno progresista de Espartero, surgido de la revolución de julio promovida por el Manifiesto de Manzanares, tuvo una vida breve a causa de la enorme inestabilidad social y terminó en 1856 con el golpe de estado encabezado por el general O´Donnell. Seguiría una década de vaivenes políticos, alternando hasta catorce gobiernos entre moderados y de Unión Liberal. El más largo, de casi dos años de duración, estuvo presidido por el general Narváez quien endureció el control del orden público, suprimió la legislación progresista del bienio esparterista y detuvo el proceso desamortizador. El malestar generado por los gobiernos autoritarios de la reina, y la conducta poco ejemplar de la familia real, desembocaron en la revolución de 1868 que supuso el destronamiento de Isabel II.
El fin del reinado de Isabell II y el Sexenio Revolucionario (1868-1874)
El comportamiento escandaloso y partidista de la reina Isabel II provocó que perdiese el apoyo de la mayor parte de la clase política. El Partido Democrático, totalmente desencantado con la reina, defendió el fin de la monarquía y la instauración de una república. El destronamiento de Isabel II tras la revolución de 1868 dio paso al periodo conocido como el Sexenio Revolucionario (1868-1874), uno de los más convulsos del siglo en el que se sucedieron un Gobierno provisional, la monarquía de Amadeo I de Saboya, la Primera República y la dictadura del general Serrano. En el mismo año de 1868, una corriente de los demócratas partidaria de la instauración inmediata de la república fundó el Partido Republicano Democrático Federal.
El movimiento obrero también se hizo presente en Manzanares durante el Sexenio. Ángel Cavanes Caballero, natural de Requena y vecino de Manzanares, de profesión sombrerero, fundó en 1872 un sindicato anarquista en nuestra localidad vinculado con la Primera Internacional con la mantuvo una nutrida correspondencia.
El desmoronamiento del orden público en España durante el Sexenio tuvo uno de sus episodios más espectaculares con el asalto en Manzanares por un numeroso grupo de bandoleros del tren correo de Andalucía en marzo de 1872. Este suceso fue noticia destacada durante semanas en toda la prensa nacional y el Gobierno fue objeto de durísimas críticas.
La Restauración Borbónica (1875)
Veinte años después de que viera la luz el “programa de Manzanares” que cambiaría la Historia de España, el mismo Cánovas del Castillo redacta el Manifiesto de Sandhurst que permitiría hacer efectiva la Restauración Borbónica que se materializó el 29 de diciembre de 1874 en la persona de Alfonso XII tras el malogrado Sexenio Revolucionario, un apasionante viaje histórico temporal que parte de La Mancha en 1854 y se prolonga hasta el condado de Berkshire en 1874. La historia comienza con el Manifiesto de Manzanares, la ópera prima del político malagueño, y culmina dos décadas más tarde con el Manifiesto de Sandhurst, la obra cumbre que le permite establecer las bases para la Restauración borbónica y lograr el período más prolongado de estabilidad, progreso y paz de la España de la época.
El Manifiesto de Manzanares enciende la mecha de la Revolución de Julio y alumbra el gobierno liberal de concentración que desemboca en la Constitución non nata de 1856. Por su parte, el Manifiesto de Sandhurst, que toma su nombre de la academia militar cercana a Londres donde se instruye el futuro rey Alfonso XII, es la respuesta al Sexenio Revolucionario, la herramienta que acaba con la ingobernabilidad, recupera la institución monárquica y abre la puerta de la Constitución de 1876.
En aquella época España sufre tres guerras civiles simultáneas que devoran el país: la Tercera Guerra Carlista, la rebelión cantonal y la Primera Guerra de Cuba. Frente a ese escenario de división y confrontación, la Restauración canovista, pese a sus imperfecciones, inicia una etapa que hace posible la alternancia pacífica en el poder durante décadas y alcanza importantes logros sociales y económicos, gracias también a la visión política e imprescindible colaboración de Práxedes Mateo Sagasta, liberal progresista puro de enorme valía humana y política.
Seguir el hilo invisible que conecta los manifiestos de Manzanares y Sandhurst -y hunde sus raíces en el primigenio constitucionalismo gaditano de 1812, que unía a los españoles de ambos hemisferios,- ayuda a comprender la importancia y vigencia del testamento político de dos de las grandes figuras de la España de los últimos 200 años. El legado de Cánovas y Sagasta (el sistema canovista), es “el triunfo de la política sobre la violencia”, en palabras del historiador Carlos Dardé Morales.
La economía y la sociedad
En el XIX no fue sólo un siglo de enormes transformaciones políticas. El nuevo régimen liberal también llevo aparejado profundos cambios económicos y sociales. El fin del Antiguo Régimen supuso el fin de la rígida sociedad estamental y el surgimiento de una nueva clase social, la burguesía, que estaba llamada a tener un papel protagonista. La desamortización, la venta por parte del Estado de las fincas rústicas y urbanas de la Iglesia y de los Ayuntamientos, cambió radicalmente la economía española, cuya principal fuente de riqueza era la agricultura. La Revolución Industrial supuso otra profunda transformación de la economía y las relaciones sociales. Podríamos afirmar que los manzanareños supieron aprovechar de forma muy favorable todos estos cambios. La mayor parte de los bienes desamortizados en el término municipal de Manzanares fueron comprados por vecinos de la localidad. Además, los manzanareños fueron ávidos compradores de fincas situadas en otros pueblos de la provincia. No solo compraron fincas las familias más adineradas, sino que también pudieron adquirir tierras los pequeños y medianos labradores. Esta situación provocó un aumento generalizado del número propietarios agrícolas y un mayor acceso a la tierra, tendencia que se mantuvo durante todo el siglo XIX.
La llegada del ferrocarril a Manzanares en 1860 y la plaga de filoxera en Francia propició un boom del sector vinícola, ya que favoreció la exportación de vino al país vecino a través de la red ferroviaria recientemente construida. Esto produjo un vertiginoso aumento de la superficie de viñedos y la creación de una amplia red de bodegas y alcoholeras destinadas a la transformación de la uva para la producción de vinos, alcoholes y licores. La pujante burguesía agrícola que contribuyó a formar las desamortizaciones fue fundamental en el despegue del sector vinícola. Entre los propietarios de las grandes bodegas aparecen apellidos como García-Noblejas, González-Elipe, Enríquez de Salamanca, Corchado o los marqueses de Salinas que también habían sido grandes compradores de tierras durante la desamortización.
La creciente clase empresarial manzanareña no solo invirtió en el sector agrícola, sino que también se sumó a novedosos sectores económicos surgidos de la Revolución Industrial. La luz eléctrica llegó a Manzanares de la mano de cien inversores (de los que 98 eran de Manzanares) que, junto al famoso inventor del submarino Isaac Peral, fundaron la sociedad La Eléctrica de Manzanares. El servicio de agua corriente y alcantarillo también fue puesto en funcionamiento gracias a la iniciativa privada. En primer lugar, en 1873 una sociedad de la que formaba parte el marqués de Salinas canalizó el agua de la fuente de Siles hasta Manzanares. Más tarde, en 1923, otra empresa, cuyas accionistas eran vecinos de la localidad, construyó la red de agua corriente y alcantarillado.
El desarrollo económico también provocó un fuerte incremento demográfico a partir del último cuarto del siglo XIX. A principios de siglo Manzanares tenía algo más de 8.000 habitantes. En 1877 todavía no había conseguido rebasar los 9.000 habitantes. A partir de ese momento se produjo un rápido crecimiento llegando a los 10.500 habitantes al terminar el siglo y superando los 18.000 en 1930.
Sin embargo, este aumento de población no fue suficiente para mantener el ritmo de las principales poblaciones de la provincia. En 1835, Ciudad Real, Manzanares y Valdepeñas tenían una población muy similar en torno a los 8.500 habitantes. Por el contrario, en 1900 Ciudad Real superaba los 15.000 habitantes y Valdepeñas los 21.000. En 1930, Ciudad Real tenía más de 23.000 habitantes y Valdepeñas más de 26.000.
SIGLO XX
Las secuelas del desastre de 1898 se superaron pronto en Manzanares gracias al floreciente negocio del vino que siguió impulsando la economía. La población, que en 1900 era de 11.300 habitantes, alcanzó en 1930 los 18.300, apareciendo nuevos barrios periféricos para acoger a los nuevos ciudadanos.
La construcción de la nueva fábrica de harinas en 1900 afianzó la industria transformadora de productos agrarios junto con varias almazaras y mataderos industriales. La pujante situación económica impulsó el desarrollo de comercio y la dotación de nuevos servicios y espacios de ocio como la plaza de toros (1900) el Gran Teatro (1910), red telefónica urbana (1911), Gran Casino (1917), agua potable y alcantarillado (1923), quirófano moderno en el hospital municipal (1930), etc.
En 1906 se crean dos colegios religiosos privados; uno de niños dirigido por HH. Maristas, y otro de niñas a cargo de religiosas Concepcionistas. La enseñanza pública tuvo también un gran impulso de la mano del alcalde Antonio Rubio-Manzanares con la creación de los grupos escolares Corral de Concejo y Teatro que comenzaron su labor docente en 1915.
El primer tercio del siglo se caracterizó por la descomposición del sistema del turnismo entre liberales y conservadores entrando en el juego político republicanos y los socialistas, partido creado en Manzanares en 1924.
La Gran Guerra, con las exportaciones masivas de productos a los países contendientes, tuvo a nivel local efectos muy negativos al provocar un aumento de la inflación en el precio de los alimentos que ocasionó gran descontento social. Durante los años veinte la Casa del Pueblo se convierte en la sede de la Federación Local de Trabajadores donde los obreros buscan en la afiliación a UGT un modo de defender sus derechos y reivindicar mejores condiciones laborales.
Manzanares pagó su tributo de sangre en la desgraciada guerra del Rif, donde murieron varios hijos del pueblo y otros destacaron por su comportamiento heroico como demuestra la decena de cruces al mérito militar ganadas por soldados de la localidad.
La llegada de la República en 1931 trajo grandes esperanzas de cambios sociales que se vieron frustrados al coincidir con la crisis mundial del comercio iniciada en 1929, con el bloqueo de las exportaciones de vino por parte de Francia y con la ruina económica que originó la extensión de la filoxera por los viñedos del término que redujo las cosechas a la mitad de lo normal.
Desde el punto de vista político, la incapacidad de los partidos políticos para entenderse y aplicar las nuevas leyes con mesura derivó en una polarización que condujo a la guerra civil.
Tras el golpe militar de 1936 se inició en Manzanares un intenso proceso revolucionario que conllevó una secuela de saqueos, expropiaciones, quema de edificios religiosos y casi un centenar de asesinatos.
El triunfo de los militares sublevados impuso un régimen autoritario que extendió el terror y la marginación de los vencidos en los primeros años de posguerra. Los juicios sumarísimos derivaron en el fusilamiento de 271 personas, de ellas 181 naturales o vecinos habituales del pueblo.
Con el paso del tiempo se fueron cerrando algunas heridas, se recuperó lentamente la economía y los manzanareños pudieron mejorar su nivel de vida. A partir de los años sesenta muchas familias accedieron a los electrodomésticos, al teléfono, a la televisión, a la vivienda o al pequeño automóvil.
Durante el régimen franquista se produjeron cambios importantes en la economía agraria. En la década de los sesenta se produce una auténtica revolución en la agricultura. La mecanización del campo, el uso del regadío y los fertilizantes obligó a un dimensionamiento de las explotaciones para garantizar su rentabilidad. Como apoyo a los cambios tecnológicos en el sector agrícola nació en 1961 la Feria del Campo. Muchos pequeños propietarios no lograron sobrevivir, vendieron sus tierras y marcharon fuera del pueblo en busca de nuevos horizontes. Por otra parte, los tractores y nuevas máquinas redujeron drásticamente la necesidad de mano de obra lo que provocó el éxodo de unas tres mil personas cayendo la población a poco más de 15.000 habitantes. Al objeto de adaptarse a los cambios tecnológicos y exigencias del mercado tuvo lugar un proceso de concentración de las industrias vinícolas. Muchas bodegas desaparecieron por falta de rentabilidad y los viticultores se agruparon en torno a la cooperativa Nuestro Padre Jesús del Perdón fundada en 1954.
Un importante logro de las autoridades de la época fue la apertura del Instituto de Enseñanza Media y Profesional en 1955 que permitió la promoción intelectual y profesional de alumnos de toda la comarca.
En sus últimos años la dictadura promovió en Manzanares algunas obras de relieve de manos de Blas Tello Fernández-Caballero. Entre ellas cabe citar la creación del Polígono Industrial (1964), el Hogar del Pensionista (1970) y, sobre todo, la apertura de la Residencia Sanitaria Nuestra Señora de Altagracia (1973) que supuso un avance extraordinario en la atención sanitaria para toda la comarca.
Con la muerte del general Francisco Franco se inicia en España un proceso de transición a la democracia que dirige en Manzanares el alcalde Teodoro Rincón Huerta, representante de UCD. Su principal logro fue conseguir la financiación necesaria para renovar las tuberías de agua potable y alcantarillado garantizando el suministro de agua al pueblo y a las industrias que pudieran instalarse en el polígono con nuevos pozos perforados en los parajes de Los Romeros y Las Carniceras.
Las elecciones municipales de 1983 cambiaron el signo del ayuntamiento, que pasó a estar presidido por el candidato del PSOE, Miguel Ángel Pozas Sánchez-Gil, tras lograr una clara mayoría absoluta. Las nuevas leyes de financiación de los municipios y la concordancia entre los gobiernos local, autonómico y estatal afianzaron en Manzanares el predominio político socialista que, con la excepción de la legislatura 2011-2015, se ha mantenido hasta la actualidad.