TURISMO

Un recorrido turístico, histórico y patrimonial para descubrir Manzanares

Por Pablo Díaz-Pintado, editor y periodista (presidente de Patrimonio Manzanares)

Para quien quiera descubrir Manzanares, le proponemos un recorrido turístico por algunos de sus lugares, monumentos, calles y plazas más sugerentes. El itinerario propuesto no agota las posibilidades existentes, ya que la localidad atesora múltiples hitos históricos y patrimoniales, pero puede ser útil para que el viajero se aproxime al legado milenario de un municipio que ostenta los títulos de Leal Villa y Ciudad Fidelísima, que fue capital de la provincia de La Mancha durante la invasión napoleónica, frente a la que protagonizó notables episodios de heroica resistencia, y que hacia mediados del siglo XIX se encontraba entre las 100 mayores ciudades de España, un dato poco conocido que la situaba por delante, incluso, de una decena de capitales de provincia.

Fachada del desaparecido Gran Casino de Manzanares, derribado por orden municipal en 1998.

El Manzanares decimonónico

Por ello, no está de más saber, antes de descubrir la localidad del siglo XXI, que el Manzanares decimonónico, que todavía resulta reconocible en distintos ámbitos urbanos, era una ciudad pujante y emprendedora, de tradición mayoritariamente liberal, con menor índice de analfabetismo, mayor número de propietarios y electores, y una clase media más amplia que la que existía en la mayoría del resto de municipios de la provincia, tal y como reflejan las estadísticas oficiales dadas a conocer por el historiador Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas.

La expansión del sector vitivinícola en las últimas décadas de siglo XIX y las primeras del siglo XX, permitió a Manzanares superar la cifra de 400 bodegas (considerando tanto las destinadas al autoconsumo como las dedicadas a la comercialización nacional e internacional), además de un buen número de fábricas de aguardiente y azufre, tonelerías, herrerías, carpinterías… En la actualidad, Manzanares tiene un interesante Museo del Queso Manchego, emplazado en la llamada Casa de Malpica, que acoge también el Archivo-Museo Ignacio Sánchez Mejías y la Colección de Arte municipal, pero aún no ha sabido saldar la deuda contraída con su historia vitivinícola.

Aquel municipio con aires de capital, llegó a contabilizar, a principios del siglo XX, hasta seis casinos que fomentaban el debate y el intercambio de ideas (La Amistad, El Primitivo, Tertulia Republicana, Centro Agrícola, Círculo Mercantil y, a partir de 1917, el Gran Casino de Manzanares). Éste último, una excelsa construcción ecléctica e historicista erigida, como otros muchos edificios magníficos, por el genial Alfonso Pedrero Peña, hoy sólo puede apreciarse en fotografías, la mayoría, en blanco y negro, tras ser derribado en 1998 por orden municipal. Pese a la terrible pérdida del edificio civil más emblemático del municipio, consuela saber, no obstante, que alguna de las obras públicas y privadas del ilustre constructor manzanareño ha sobrevivido a la voracidad de la piqueta y la desmemoria.

El Torreón de Moratalaz y la Motilla del Azuer

La visita turística a Manzanares debe comenzar por el principio. Y para ello es necesario desplazarse fuera del núcleo urbano, concretamente a seis kilómetros de la localidad, en el Camino de Daimiel, donde coronando un pequeño cerro, en las inmediaciones del río Azuer, aún permanece en pie, humilde y maltrecho, el Torreón de Moratalaz. Una especie de dolmen mágico que constituye el vestigio vertical conocido más antiguo de la población y retrotrae a los tiempos de dominación musulmana, allá por los siglos X-XI, antes de que las huestes cristianas de Alfonso VIII reconquistaran el territorio en la Batalla de Las Navas de Tolosa (1212) que, posteriormente, pasaría a ser dominio de la Orden de Calatrava y acabaría acogiendo el lugar de Mançanares.

Moratalaz fue fortaleza árabe, punto de control estratégico sobre la vega del Azuer para dominar el entorno, vigilar los caminos y dar protección al pastoreo de la zona. Lo que ahora se puede contemplar es un torreón desmochado que acredita un milenio de historia, construido con piedras pequeñas de caliza unidas con argamasa, que vale la pena visitar, siquiera sea para conocer los orígenes, pese a que el abandono y la desprotección presiden el escenario.

Recientemente, la propiedad del Torreón de Moratalaz ha comunicado a la asociación PATRIMONIO MANZANARES que ha encargado a una empresa especializada la realización de los trabajos iniciales para llevar a cabo una prospección arqueológica en el lugar. Con esta iniciativa, se pretende asegurar y consolidar el resto de la antigua fortaleza árabe que aún permanece en pie y determinar si el enclave en el que se asienta esconde huellas de un poblamiento remoto, tal y como sostienen algunas hipótesis científicas.
La propia empresa contratada va a solicitar, próximamente, los permisos necesarios ante la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y el Ayuntamiento de Manzanares, con el fin de poder comenzar la exploración a la mayor brevedad posible. PATRIMONIO MANZANARES ha agradecido encarecidamente al representante de la propiedad el interés mostrado, así como su rápida respuesta, y le ha ofrecido, al mismo tiempo, la colaboración desinteresada de los miembros de la asociación, en todo lo que pudiera servir de ayuda, a efectos de documentación o asesoramiento técnico, histórico o arqueológico.

El Torreón de Moratalaz se encuentra a unos 10 minutos en coche de la Motilla del Azuer, ya en el término municipal de Daimiel, un tesoro arqueológico de Edad del Bronce Manchego (2200-1300 a.C.), absolutamente excepcional, que contiene el conjunto hidráulico más antiguo de la península ibérica y uno de los mejor conservados de Europa. Destaca por su pozo de más de 20 metros de profundidad, que permitía el acceso al agua subterránea. Además, dispone de una fortificación de muros concéntricos y una torre central, que albergaba silos, hornos y áreas para el ganado, rodeado por un poblado con viviendas de planta ovalada o rectangular.

Cuando uno comprueba que en La Mancha la vida fluía lógica e inteligente hace más de 4.000 años, se pregunta qué significa, exactamente, eso de las “nacionalidades históricas” que inventaron y validaron, hace unas décadas, ciertos padres de la patria para repartir arbitrariamente el poder territorial, el dinero, la influencia y hasta los escaños del Parlamento, merced a una ley electoral que beneficia a los votantes de algunos territorios en detrimento de otros.

El Torreón del Azuer. Fotografía: Antonio Álvarez Rodríguez.

Vista aérea de la Motilla del Azuer. Fotografía: Ayuntamiento de Daimiel.

Imagen del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Fotografía: www.lacasadelrector.com

La Mancha Húmeda, entre la respiración asistida y la agonía silente

En las inmediaciones de la Motilla, el viajero puede disfrutar del Molino de Molemocho y de la Venta de Borondo, rescatada de la incuria gracias a la movilización ciudadana y, parcialmente, restaurada, además de las Tablas de Daimiel, el río Guadiana, el Ciguela y el Azuer, un mundo lacustre, que aparece y desaparece, dentro de una Mancha Húmeda que malvive entre la respiración asistida y la agonía silente, como consecuencia de la extracción depredadora del agua, durante décadas, ante la permisividad de quienes debían protegerla.

La sobreexplotación del acuífero 23 está detrás del desastre ecológico con el que los manchegos conviven, sin grandes aspavientos, desde la época en la que se empezó a hablar, precisamente, de la importancia de la ecología y la sostenibilidad.

Más allá de la propaganda oficial, el resultado es estremecedor y permite comprobar la consecuencias del desafuero: ríos invisibles, cauces llenos de pajitos con la tierra cuarteada, unos ojos del Guadiana desecados (frente al cartel indicador que los anuncia al pie de la carretera), tablas exhaustas con vitola de parque nacional y un rosario de operaciones de maquillaje, vía trasvases, para sujetar precariamente el trampantojo que, aún así, mantiene cierta fascinación de irrealidad y  atrae a miles de visitantes y curiosos.

Molinos hidráulicos

La mayoría de los molinos hidráulicos que existieron en La Mancha pretérita han desaparecido, pero al igual que Daimiel recuperó el Molemocho y Membrilla, El Rezuelo, Manzanares rescató el llamado Molino de Villalta (Grande o de Giraldo, que así también es conocido), después de que la asociación Restaura Manzanares, desparecida hace más de 15 años, liderara una campaña de suscripción popular en 2005 para impedir su hundimiento ante un invierno inusualmente lluvioso. El colectivo patrimonial reunió alrededor de 3.000 euros gracias a la generosidad ciudadana y afrontó unas obras de emergencia para detener la sangría que, a través de un boquete de generosas proporciones, amenazaba con reducir a escombros el inmueble. Muchos años más tarde de aquella iniciativa y largo tiempo después de que su último propietario, el escultor Juan Antonio Giraldo, lo donara al Ayuntamiento, la administración municipal decidió, por fin, que podía ser apropiado restaurarlo con dinero de todos los contribuyentes. Y, afortunadamente, ahí sigue… en medio de un entorno perfectamente descuidado.

El molino hidráulico harinero de Villalta data del siglo XV, sin duda, una de las construcciones más antiguas que se han preservado. Está formado por un conjunto de edificaciones y corrales; ejemplo de arquitectura tradicional, popular y preindustrial. La parte de mayor antigüedad es el molino de invierno que se articula con otro edificio de doble altura compuesto por vivienda y almacén. El inmueble dispone, asimismo, de un patio de maniobras con un antiguo porche.

Molino de Villalta (Grande o de Giraldo) después de la restauración emprendida por el Ayuntamiento en 2018 (Blog de Historia de Manzanares de Antonio Bermúdez García-Moreno – https://publicacionesantoniobermudez.blogspot.com/)

El Castillo de Pilas Bonas de Manzanares, junto a la ermita de San Blas. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

El Castillo de Manzanares y el primer núcleo urbano

Pero regresamos a la ruta turística para descubrir la ciudad. Tras dejar atrás el Torreón de Moratalaz, el lugar donde empezó todo, viajamos al Castillo de Manzanares, ya en el casco urbano, tras recorrer los seis kilómetros que separan ambos puntos. Erigido en el último tercio del siglo XIII para defender los límites de las posesiones de la Orden de Calatrava frente a la amenaza del vecino Castillo del Tocón, que se alzaba en La Membrilla a la sombra de los designios de la Orden de Santiago, la fortaleza es una realidad gracias, sobre todo, al impulso personal del empresario local Hilario Tolosa Sánchez-Migallón, que acometió la titánica tarea de recuperar una joya sepultada entra tapiales y viviendas particulares, cuya existencia ignoraban, incluso, muchos manzanareños.

La meritoria recuperación de la mayor parte de la fortaleza (el resto continúa segregada entre propiedades privadas), impulsada por Tolosa, a finales del siglo XX, bajo la dirección del arquitecto Diego R. Gallego Fernández-Pacheco y la decoradora Rosa Godoy, así como la colaboración de las administraciones públicas, evitó que el inmueble se arruinara y perdiera para siempre como, lamentablemente, ha ocurrido, a lo largo de las últimas décadas, con otros muchos inmuebles de estimable valor. Desde entonces, afortunadamente, el pueblo ha recuperado un símbolo histórico soberbio y miles de personas, de dentro y fuera de la localidad, han podido disfrutar del ambiente medieval que alumbró el lugar.

La vista que se divisa desde la Torre del Homenaje, elevada sobre el conjunto, permite adivinar el volumen total del antiguo castillo y contemplar una amplia panorámica de la ciudad, a la altura de los pináculos de la iglesia de Nuestra Señora de La Asunción.

Paseo por Virgen del Carmen, una calle blasonada

Después de disfrutar del castillo de Manzanares, donde es recomendable hacer parada y fonda si la ocasión lo requiere, seguimos el recorrido por el casco viejo que se extiende a sus pies. Para ello, tomaremos la calle Virgen del Carmen, arteria principal de la vieja villa, en donde hallaremos una sucesión de casas erigidas en el siglo XVI, como nos revelan los relieves blasonados que las distinguen. Si andamos apenas unos metros, encontraremos haciendo esquina el espléndido Palacio del Marqués de Salinas (o de Jonte), un bello inmueble con cinco siglos de historia. En su fachada principal destaca una imponente portada adintelada en piedra con pilastras y, en su interior, un precioso patio con columnas de piedra y arcos de medio punto rebajado, con planta superior de columnas pétreas sobre balaustrada. El inmueble está coronado por un frontón con el escudo de las familias Chacón y Salinas, complementado con otro, de menor tamaño, embutido en la esquina, que presenta, en el timbre, un yelmo con cimera característico del linaje.

Frente al palacio de Salinas aguarda discreta la Casa de Cantalejo que, aunque completamente transformada, aún conserva en la esquina con vuelta a la calle Orden de Alcántara, un escudo de morfología aparentemente francesa, perteneciente a las que se supone fueron las caballerizas del mencionado palacio.

Un poco más adelante, en el número 8 de la calle del Carmen, la arquitectura nobiliaria de la época muestra, en el frontón, un blasón con yelmo, cimera, celada y collar, que, al igual que en el caso del palacio de Salinas, se completa con otro escudo en la esquina con vuelta a la calle Monjas.

Y, enfrente, la Casa Palacio de Los Merino, hoy día Centro Cultural Ciega de Manzanares, en recuerdo de la gran poetisa local Francisca Díaz-Carralero. Se trata de otra típica casa solariega del siglo XVI, organizada en torno a un patio central de columnas. Los sótanos de la casa albergan el Museo de Manuel Piña, el reconocido diseñador manzanareño fallecido en 1994. En el edificio pernoctó Santa Teresa de Jesús el 14 de febrero de 1575, como recuerda una placa conmemorativa que figura en su fachada, junto a una columna de pequeñas dimensiones en la esquina con vuelta a la calle Vázquez de Mella. El historiador de arte Álvaro Cambra Sánchez-Gil, miembro de la asociación Patrimonio Manzanares, ha propuesto, recientemente, crear en el lugar un pequeño espacio teresiano para ampliar su proyección y valor cultural, una iniciativa sencilla y económica que aportaría sin duda, un nuevo interés al inmueble.

El Palacio del Marqués de Salinas (o de Jonte) es el edificio más representativo de la calle del Carmen. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

Imagen del interior de la iglesia de Nuestra Señora de La Asunción antes del 20 de julio de 1936. Se observan sus magníficas nervaduras góticas diseñadas por Enrique Egás a mediados del siglo XVI y el retablo principal.

Vista de la Iglesia de Nuestra Señora de La Asunción desde la plaza de la Constitución. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

La plaza de la Constitución, antigua plaza Pública

Tras el recorrido por la calle del Carmen, llegamos a la plaza de la Constitución (antiguamente llamada plaza Pública, a diferencia de la denominación de plaza Mayor empleada en otras muchas localidades), presidida por la majestuosa Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción (siglos XIV-XV), en la que destacan su bello pórtico plateresco y su esbelta y orgullosa torre que, como atalaya privilegiada, sirvió en 1809 de observatorio a las tropas invasoras (no la que ahora vemos, evidentemente, sino la que existía en aquellas fechas).

En los prolegómenos de la Guerra Civil, en la aciaga noche del 20 de julio de 1936, el templo religioso perdió la torre, muchas de sus techumbres y gran parte de sus tesoros artísticos. «En unas horas», recuerda vívidamente el historiador Antonio Bermúdez García-Moreno, «todo el patrimonio artístico de carácter religioso, acumulado durante siglos, quedó completamente destruido. Retablo principal, retablos laterales, capillas, imágenes, sacristía, elementos de culto; todo perdido. Desaparecieron para siempre los lienzos de Bartolomé Carduccio y los frescos de Gianbattista Perolli. Por efecto del calor se vino abajo la cubierta con sus magníficas nervaduras góticas diseñadas por Enrique Egás a mediados del siglo XVI. La torre quedó convertida en una tea que alumbró las tinieblas de aquella fatídica noche, haciéndose visible desde kilómetros de distancia. Esa misma noche ardió también el Círculo Católico, un edificio anexo a la parroquia utilizado como salón de reuniones y veladas artísticas».

Pasada la contienda, a principios de 1941, continúa Bermúdez, la estrecha relación de Manuel González de Jonte, esposo de Manuela Chacón-Salinas del Forcallo, con el director general de Arquitectura, Pedro Muguruza Otaño, permitió que se designara a los brillantes arquitectos Luís Moya y Enrique Huidabro Pardo para dirigir el proyecto de reconstrucción, al tiempo que se movían todas las influencias políticas locales para conseguir la mayor subvención estatal posible. Ya en fechas recientes, desde mediados de 2022, se han llevado a cabo dos fases de restauración de las fachadas del templo, dirigidas por el arquitecto Diego R. Gallego, con especial atención al excepcional conjunto escultórico de la portada sur y una dotación presupuestaria de alrededor de un millón de euros, de los que el presupuesto municipal ha aportado en torno al 50 %.

La plaza, a lo largo de su historia, ha sido ágora de encuentro ciudadano y lugar natural para el desarrollo de la actividad comercial, administrativa, judicial o festiva, incluso, en un tiempo ya lejano, para el ajusticiamiento público de los condenados. Flanqueando el templo religioso de La Asunción se extiende una magnífica sucesión de viviendas blancas de aires coloniales apoyadas sobre soportales. En el conjunto, destacan especialmente el edificio del actual Ayuntamiento, diseñado por el arquitecto Telmo Sánchez en 1920 y finalizado, en 1929, tras un dilatado y complicado proceso, por el ya citado Alfonso Pedrero Peña, así como la distinguida Casa de Josito, de finales del siglo XVIII, salvada de la desaparición, al igual que el Molino de Giraldo, por la asociación Restaura Manzanares. Posteriormente, fue restaurada por el Ayuntamiento, bajo la dirección técnica del arquitecto José Antonio Rincón Quesada, tras una larga travesía por el desierto, no exenta de expolios, atentados e ilegalidades patrimoniales, que a punto estuvieron de provocar su colapso definitivo. Entre la Casa de Josito, que antes lo fue de Mulleras, y el Ayuntamiento de Telmo Sánchez, se encuentra la antigua Casa Consistorial. El edificio original fue construido en las primeras décadas del siglo XVI y servía para acoger el Ayuntamiento en la planta alta y la Audiencia en la baja. En 1863, fue rehabilitado y modernizado, otorgándole un aspecto similar al que presenta hoy en día, manteniendo las dos alturas y la fachada blanqueada, en sintonía con el resto de edificios de la plaza. En los soportales del inmueble se encuentra una placa que recuerda el Pozo Concejo, el lugar donde los rebaños trashumantes abrevaban a su paso por la localidad.

La proclamación del Manifiesto de Manzanares

Se ha escrito –y se dice popularmente- que desde la balconada de ese edificio se proclamó en 1854 el Manifiesto de Manzanares, redactado por Antonio Cánovas del Castillo y firmado por el general Leopoldo O’Donnell, pero, de ser cierto, debió hacerse desde el balcón del viejo inmueble y no desde el actual, ya que, como se ha indicado, fue construido nueve años después del pronunciamiento militar. Fuera de un modo u otro, el programa de Manzanares, como era conocido por el propio Cánovas, se extendió como la pólvora por toda España, y contribuyó decisivamente a la caída del Gobierno del conde de San Luis, además de forzar el exilio a la Reina Madre María Cristina de Borbón, alumbrar el primer gobierno de concentración de este país y posibilitar la redacción de la non nata Constitución de 1856.

El día 7 de julio, el joven secretario personal de O’Donnell había pergeñado en una dependencia de la vivienda situada en la calle Empedrada 6 (conocida, por ello, como Casa del Manifiesto) la proclama que guiaría a los sublevados y encendería los ánimos en los principales pueblos y ciudades de España. Fue el año en el que la Historia de España se escribió en Manzanares. Un capítulo esencial y de gran influencia en el devenir del siglo XIX. La Casa del Manifiesto es, desde septiembre de 2025, sede del Centro de Estudios Manzanareños (CEM) y del Archivo Histórico Digital de Manzanares (AHDM) y acoge una discreta pero estimulante actividad cultural de carácter privado.

En el número 1 de la misma calle Empedrada, se levanta una vivienda, de construcción relativamente reciente pero de inspiración vernácula, que se asoma a la plaza de la Constitución y dialoga con la mencionada de Josito desde la competencia que mantienen a través de sus distinguidos torreones.

Casi una veintena de escudos heráldicos se suceden en el ámbito de la plaza y las calles aledañas. En el propio templo parroquial, adornan la fachada cuatro de pétrea factura, los de Manzanares, la familia Salinas, los Austrias y la Orden de Calatrava. Los demás aparecen diseminados por algunas de las casas más señeras de la población, en las calles de la Cárcel, Virgen del Carmen, Monjas, Empedrada, Jesús del Perdón y Obispo Carrascosa. Probablemente, uno de los más notables sea el de la Casa del Conde de Sevilla La Nueva (siglo XVI), en el número 8 de la misma plaza, esquina con la calle Virgen del Carmen, que muestra un porte noble y vetusto como resto antiquísimo de la antigua plaza pública, que no se vio afectado por la remodelación que en el siglo XIX le otorgó la fisonomía actual. No hay que olvidar tampoco el escudo de la localidad, que está esculpido en el hastial del edificio del Ayuntamiento y divisa el entorno desde su distinguida ubicación.

La plaza, de una belleza luminosa y deslumbrante, requeriría un tratamiento historicista de las luminarias y el solado a la altura de su glorioso pasado y, por supuesto, un gran conjunto escultórico central, de corte figurativo, que permitiría elevarla a otra dimensión. En cualquier caso, hace algunos años, el Ayuntamiento promovió, con gran acierto, la restauración y adecentamiento de las fachadas que componen el conjunto y sustituyó, asimismo, en todo el casco histórico el pavimento de asfalto por el adoquinado tradicional, igualando alturas, eliminando barreras arquitectónicas, mejorando la accesibilidad e instalando farolas de estética historicista.

Vista parcial de la plaza de la Constitución, con algunos de sus edificios más representativos. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

Escalera y patio de la Casa del Manifiesto, el lugar donde el 7 de julio de 1854 se redactó la proclama que cambió la Historia de Españas. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

El acceso a la calle Virgen del Carmen desde la plaza de la Constitución está presidido por el escudo blasonado de la Casa del Conde de Sevilla La Nueva (siglo XVI). Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

La Fábrica de harinas, de volumen ciclópeo, se atribuye al arquitecto Enrique Fort Guyenet (1850-1908). Fotografía: GsusLopez (Wikipedia Commons).

La Fábrica de Harinas, la gran ‘catedral industrial’ de La Mancha

Abandonamos el punto neurálgico de la ciudad y volvemos sobre nuestros pasos para adentrarnos, de nuevo, en el recinto histórico por la calle Virgen del Carmen. Ya en la primera manzana nos aguardan casas encamaradas de notable factura, con típicos patios manchegos y balcones y miradores de forja, al abrigo de la tradicional teja árabe. El primer cruce nos permite echar un rápido vistazo a la entrañable calle dedicada al doctor Fleming, para avanzar, a continuación, en dirección contraria, caminando por la de San Isidro, empedrada y de apacible aspecto, que combina las viviendas del caserío antiguo con otras de construcción moderna, erigidas en ladrillo rústico y perfectamente integradas. Cuando la calle concluye, emerge, junto al parterrillo coronado por el elegante y modernista quiosco de la música, la inmensa mole de la Fábrica de Harinas, la gran catedral industrial de La Mancha, excepcional construcción de 1900, que fue en su momento la tercera más importante de España.

La producción llegó a alcanzar los 60.000 kilos diarios de harina, con 160 trabajadores (entre molineros, transportadores, carpinteros, tejedores, mecánicos, panaderos y oficinas…) que desarrollaban su trabajo en dos turnos (diurno y nocturno). El impresionante edificio principal, compuesto por tres pisos divididos en seis naves, tiene fachadas de ladrillo prensado y refuerzos en las esquinas con piedras de sillería.

La obra, de volumen ciclópeo, se atribuye al arquitecto Enrique Fort Guyenet (1850-1908), seguidor de corrientes eclécticas e historicistas, entre ellas, la neomudéjar, y artífice de obras insignes en la capital de España, como la sede de la Universidad de ICAI-ICADE de la calle Alberto Aguilera, el Instituto Valencia de Don Juan o el Ateneo de Madrid, entre otros. Desde que el edificio fuera adquirido por el Ayuntamiento, a principios de 2015, aguarda apesadumbrado y ocioso una intervención, siempre postergada, que lo dignifique y le otorgue una nueva vida.

 

La ‘Senda de la muralla’ y el mágico encanto de la Plaza de Santa Cruz

Regresamos por la calle San Isidro hasta la esquina de la calle Antonio Iniesta, que recuerda a uno de los pintores locales más celebrados y populares de la pasada centuria. Su trazado irregular, su ausencia de acerado y sus antiquísimas y humildes viviendas encaladas, dentro de un estilo descuidado y heterogéneo, nos recuerdan que por allí discurrió la antigua muralla medieval, que el maestre Juan  Núñez de Prado mandó edificar en 1352 a los manzanareños a cambio de la exención de una parte de los tributos. En la actualidad, la asociación Patrimonio Manzanares, constituida a finales del mes de junio de 2025, elabora un propuesta multidisciplinar (desde los puntos de vista arqueológico, arquitectónico, histórico y urbanístico) a partir de la idea original de Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco, para crear la denominada Senda de la muralla. La intención del colectivo consiste en habilitar un itinerario patrimonial y turístico que permitiría a vecinos y visitantes realizar un viaje en el tiempo, disfrutar de un entorno recuperado, sumergirse en el pasado y rendir homenaje a los manzanareños que levantaron el pueblo en la Baja Edad Media. En definitiva, una muestra de respeto por la herencia recibida que requeriría la colaboración decidida de las administraciones públicas y la participación de expertos de distintos oficios y profesiones.

El paseo por la calle Antonio Iniesta desemboca en la plaza de Santa Cruz, que aún encierra ese mágico encanto de los lugares que parecen detenidos. Unas manos de mortero de cal y algunos detalles de buen gusto e impronta histórica, la convertirían en una de las plazas populares más sugerentes de La Mancha pero, aún en su estado actual, no es difícil detenerse e imaginar una época de pícaros, artesanos y labriegos atareados en un día de mercado. Continuaremos por la calle Pizarro, dominada por un enorme y silencioso tapial que, tras su austera desnudez, esconde una bodega centenaria, ejemplo vivo de uno de los sectores económicos que en el ocaso del siglo XIX y el alborear del XX, dieron prestigio, lustre y riqueza a la ciudad.

La desconocida bodega hace esquina con la calle del Carmen que, en su último tramo, es contigua al Colegio San José, de las Madres Concepcionistas; situada en el mismo lugar en el que se alzó el desaparecido Convento del Carmen, ocupado y destruido por las tropas napoléonicas en los años de la Guerra de la Independencia y escenario de uno de los capítulos más cruentos del conflicto, cuando sus estancias fueron reconvertidas como hospital para atender a los soldados del ejército invasor. Desde allí, sólo hay unos metros hasta el encuentro de las plazas del Castillo y de San Blas, donde junto a la ermita recientemente restaurada, sobresale el ya citado Castillo de Pilas Bonas, orgullo del patrimonio histórico manzanareño.

La  plaza de Santa Cruz podría recuperar su auténtica personalidad con unas manos de mortero de cal y algunos detalles de buen gusto e impronta histórica

Primer tramo del callejón de la Hoz, junto a la calle Ancha y la Lonja de la iglesia. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

La calle Espronceda, austera y llena de posibilidades, dibuja una preciosa estampa del Manzanares de antaño. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

El casco histórico: sabor vernáculo

El casco viejo mantiene todavía un inconfundible sabor vernáculo, salvo algunos edificios disonantes que precisarían de una intervención de adaptación y maquillaje, como la llevada a cabo por el Ayuntamiento en el edificio de la calle del Rey que alberga las dependencias de la televisión municipal, una iniciativa acertada que podría, incluso, mejorar su resultado con la reubicación de los aparatos de aire acondicionado y la eliminación de las modernas celosías o, alternativamente, con un tratamiento en forja más integrado y tradicional. En términos generales, las calles que forman el núcleo originario de la población han sabido renovarse y mantener la armonía y el respeto por la estética y los volúmenes precedentes.

Desde la plaza del Castillo, es recomendable tomar la calle Espronceda, austera y llena de posibilidades, que dibuja una preciosa estampa del Manzanares de aires moriscos, ese pueblo de casas bajas, blancas y humildes, presididas, al fondo, por la majestuosa torre de La Asunción. En el número 3 aún se conserva una casa de tipología popular con una portada excepcional de ladrillo de origen mudéjar, formada por un arco de medio punto peraltado enmarcado en un alfiz. Su particularidad y antigüedad (siglo XVI) aconsejarían que la administración sustituyera la puerta actual por una tradicional más adecuada y que, igualmente, restaurara la fachada y ordenara a las compañías eléctricas y de comunicaciones la retirada del cableado, cajetines y registros que la desvirtúan completamente, con el fin de contextualizarla y devolverle su especificidad.

Tras dejar atrás la calle dedicada al escritor romántico, nos adentramos en la dedicada al maestro Don Cristóbal, el conocido enseñante que iluminó con su magisterio a muchos escolares manzanareños durante el pasado siglo XX. En la calle se muestra la cara menos conocida del Palacio del Marqués de Salinas con una hilera de casas típicas que conviven armoniosamente. Desde allí, seguiremos por la calle del Manifiesto que, en su confluencia, con la de Monjas, ofrece una postal espléndida del mejor urbanismo manchego. Se dan cita la Casa Museo de Malpica, el Palacio Casa de los Leones (antigua Audiencia de lo Criminal), una originalísima casa solariega de chaflán curvado y otra tradicional, de color azul pálido, que esconde un magnífico patio de columnas en su interior. El cruce de calles es un canto al buen gusto que muestra un Manzanares orgulloso y bello, ejemplo de lo que una profunda intervención en el casco histórico podría revelar.

La calle Monjas ofrece una postal espléndida del mejor urbanismo manchego. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

El Convento de las Concepcionistas Franciscanas Descalzas, de 1592, se alza en la plaza de Alfonso XIII, con la Casa de D. Blas Tello, al fondo. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

La calle Monjas y la plaza de Alfonso XIII

La calle Monjas goza de protección ambiental en su totalidad por constituir, probablemente, el ejemplo más homogéneo y mejor conservado de la arquitectura representativa de la localidad. Entre su bien alineado caserío, la Casa del Conde de Casa Valiente (o de los Ochoa), en el número 7, retrotrae al paseante al siglo XVI, con tapial toledano, vanos enrejados y balcón con antepecho y ménsulas, rematado por un frontón de piedra partido que acoge el escudo del linaje. Pero, en realidad, la calle merece saborearse despacio, observando la evolución ininterrumpida de edificaciones señoriales, solariegas, tradicionales o populares, pero siempre bien resueltas, presididas, al fondo, por la torre del Convento de las Concepcionistas Franciscanas Descalzas, de 1592. La edificación, a la venta tras la marcha de las últimas religiosas en 2018, preside, con la sobriedad de un barroco frugal, la acogedora plaza de Alfonso XIII.

El lugar se encuentra acompañado por algunos interesantes edificios residenciales, construidos en las primeras décadas del siglo XXI, pero de carácter historicista, así como por la Casa de D. Blas Tello Fernández-Caballero, magistrado, gobernador civil y medalla de oro de la ciudad. El inmueble es un ejemplo clasicista del siglo XVIII perteneciente a la familia del recordado hijo predilecto del municipio que, en los años sesenta y setenta del siglo XX, consiguió traer a Manzanares el Hospital Virgen de Altagracia, el Polígono Industrial, el Hogar del Pensionista, el Parque del Polígono y el abastecimiento de agua a través de los pozos de las Carnicerías que eran de su propiedad, lo que marcó un antes y un después en la localidad.

Lástima que la que fuera Posada del Llavero, antigua casa de huéspedes de arquitectura popular situada en la esquina con la calle Villarreal, que conservaba un blasón en su patio interior de columnas, fuera derribada, con licencia municipal, sin el más mínimo miramiento a mediados de 2005. Cerca de ésta se localiza la Casa de la Tercia, fechada en 1525, un valiosísimo vestigio de la Historia de Manzanares que precisaría recuperar la fachada original, totalmente desfigurada en una desafortunada intervención que el Ayuntamiento debería contribuir a corregir. En medio de su anacronismo estético, sobrevive todavía un bello portón de madera rematado con detalles de forja y clavos, que aparece enmarcado por una portada en piedra de sillería, con jambas y dintel a base de modillones, lo que permite adivinar su antigüedad e importancia. El cableado, los cajetines y otros elementos anexos colaboran a reforzar la impresión de confusión y falta de coherencia histórica que presiden el inmueble.

Calles doctor Fleming, Virgen de la Esperanza y Empedrada

Saldremos del pradillo de las monjas por la calle doctor Fleming en su cruce con la del doctor Muñoz Úbeda, desde donde se disfruta de una bella perspectiva coronada, ya en la calle Empedrada, por la vivienda, situada en el número 19, del que fuera eminente notario, intelectual e historiador José Antonio García Noblejas, autor de algunos de los títulos más sobresalientes sobre el origen de Manzanares y otros episodios memorables. En la siguiente manzana, hace esquina la Casa de Mansilla -hoy de Cuquerella, de patio y galería tradicionales, con interesante cueva de avejentadas tinajas. Continuando por la calle dedicada al inventor de la penicilina, llena de matices visuales, se encuentra la llamada Casa del Santo, muestra de arquitectura popular del siglo XVII, muy querida por los manzanareños. Resulta especialmente característico su típico balconcillo, con pilastras y viguerías de madera, en el que se encuentra la imagen de San Francisco de Paula. La puerta con dintel de la fachada da acceso al patio, que dispone de un pozo en uno de sus rincones y mantiene las viejas galerías superiores con pilastras de madera.

Frente a la Casa del Santo sobrevive aún una blanca casona, muy deteriorada, que conserva un interesante patio interior y hace esquina con la calle Virgen de la Esperanza, lo que nos permite divisar, de nuevo, en ambas direcciones, el trazado de la antigua muralla. Nos dirigimos, luego, a la calle Empedrada, principal arteria comercial de la ciudad desde hace siglos, que todavía mantiene abundantes muestras de casas históricas, solariegas, tradicionales y, en ocasiones, de evocaciones modernistas, todas ellas de indudable interés. Aparte de las ya comentadas de García-Noblejas y de Mansilla, permanecen las de establecimientos que han sido (y, en algún caso, aún son) santo y seña de la vida comercial de la localidad, como La Campana, Gigante, Antonio Enrique, Román, Joyería Serrano (Casa de los Rubio), Noblejas, Josito o Infantes, además de la histórica Casa del Manifiesto ya comentada y la situada en el número 3 que albergó el antiguo Centro Social Polivalente y la oficina de turismo.

Junto a ésta, se alza la Casa de las Noblejas, que merece un capítulo aparte, ya que fue salvada en 2008 de un derribo anunciado gracias a la decisiva intervención de la asociación Restaura Manzanares, un éxito que, sin embargo, no pudo repetirse en la desaparecida Casa de la Carnicería, en el número 8, demolida en aquellas fechas y cuyo solar permanece hoy como testigo mudo del atropello. La Casa de las Noblejas tuvo mejor suerte y, tras el expolio inicial y un dilatado tiempo de abandono y desidia, fue, finalmente, adquirida por una empresaria de Membrilla que llevó a cabo una costosa restauración, paralizada poco antes de su conclusión, sin que, hasta el momento, se haya informado de las razones que la han dejado inconclusa. Asimismo, en estos momentos, está en proceso de restauración la casa contigua (de los Enríquez Salamanca), situada en el número 7, un inmueble de arquitectura popular del siglo XVII, que atesora un valioso patio interior y tuvo en sus bajos dos establecimientos muy añorados, el inolvidable Bar Lucas y, hasta hace muy poco tiempo, el bazar de la familia Infantes.

Como ocurrió con el Casino, otras casas ilustres de la calle Empedrada fueron desaparecieron entre la incuria, la complicidad y el silencio colectivos. A destacar, la Casa de Francisco González-Elipe, esquina a la calle Iglesia, en donde el general Leopoldo O’Donnell se alojó y firmó el Manifiesto de Manzanares, el día 7 de julio de 1854, acompañado de algunos eminentes conjurados, y la Casa de Muebles Humberto Pacheco, antigua Casa Palacio del Conde de Aguilar. El Ayuntamiento, que concedió, pese a las críticas, la licencia de derribo, pudo, al menos, haber requerido al promotor del nuevo edificio (de evocación historicista) que pintara la fachada con un cromatismo más adecuado al contexto urbano. Y, de hecho, pese al tiempo transcurrido, aún no es tarde para que lo haga de oficio, con cargo al presupuesto público, con el fin de otorgarle el ornato y estética que contempla la normativa urbanística municipal.

Perspectiva de la calle doctor Fleming. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

La Casa del Santo, al fondo, es una muestra de arquitectura popular del siglo XVII muy querida por los manzanareños, que se encuentra en la esquina de las calles doctor Fleming y Virgen de la Esperanza. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

Sin la decidida intervención de la asociación Restaura Manzanares entre los años 2005 y 2010, el paisaje urbano de la localidad habría sido arrasado. Hoy en día permanecen en pie, como prueba de resistencia, la Casa de Josito, la Casa de las Noblejas, la Casa de los Tercero, el Torreón del Azuer, el Molino de Villalta. Asimismo, en los años 2020 y 2022 también se salvó del desastre la Casa del Manifiesto, que corría serio riesgo de gravísimo deterioro o pérdida irreparable. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

Interior de la Casa del Manifiesto, el lugar donde el 7 de julio de 1854, Cánovas del Castillo redactó la proclama que cambió la Historia de España. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

Restaura Manzanares: logros conseguidos y victoria en los tribunales

El derribo de la Casa de Muebles Pacheco en 2005, coincidiendo con el punto álgido de la burbuja inmobiliaria en todo el país, tuvo como consecuencia directa el nacimiento de Restaura Manzanares, que, a partir de ese momento, batalló durante casi cinco años ante las administraciones municipal y regional para intentar detener una inercia injustificable que amenazaba con arrasar cientos de años del urbanismo local sin la menor reflexión sobre sus consecuencias

Gracias a la actividad desarrollada por Restaura, siguen en pie, hoy en día, la Casa de Josito, la Casa de los Tercero, la Casa de las Noblejas, el Molino de Villalta o el Torreón del Azuer que, en caso contrario, habrían sido reducidos a polvo y olvido. De la misma manera, Restaura Manzanares, tras cuatro años de litigio, ganó el pulso que mantenía con el Ayuntamiento en los tribunales. El Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha (TSJC) dictó una sentencia, declarada firme de derecho el 12 de abril de 2012, que desestimó la demanda interpuesta por el Consistorio contra una resolución de la Comisión Provincial de Ordenación del Territorio y Urbanismo (CPOTU), de fecha 28 de marzo de 2008, y le obligó a corregir y ampliar el Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan de Ordenación Municipal (POM), tal y como mantenían Restaura Manzanares y la Junta de Comunidades, que, en este asunto, suscribió de principio a fin las tesis del colectivo patrimonial en contra de las esgrimidas por el Ayuntamiento. Siete años después de que empezaran los desencuentros, el fallo judicial dio la razón a Restaura y, como consecuencia de ello, el POM de Manzanares incorporó como anexo 1 la sentencia del TSJCM y se vio obligado a añadir decenas de edificios que estaban desprotegidos, y otorgar, asimismo, protección ambiental a la calle Monjas en su totalidad, así como a otros muchos espacios de interés arquitectónico diseminados por la localidad, lo que ha permitido, en los últimos años, frenar, en buena medida, la pérdida del patrimonio común y el borrado de la memoria, de la que tanto se habla en otro sentido.

Además, Restaura llegó a extender su influencia a Ciudad Real y, en colaboración con la asociación Monumenta, contribuyó también a salvar el Palacete de la Cruz Roja, situado en la Ronda de Ciruela, número 24, cuando su demolición ya había comenzado. Recuperado 17 años después tras una costosa expropiación y una larguísima batalla judicial y política, luce hoy verdaderamente soberbio, ennobleciendo una capital necesitada de hitos arquitectónicos.

Lonja de la iglesia, calle Mayorazgo y ermitas de Jesús del Perdón y San Antón

Retomando el recorrido turístico y abandonando ya la calle Empedrada, seguimos la senda de la antigua muralla que, ahora, continúa por la calle Iglesia en una prolongada curva que, con la torre de La Asunción como faro constante, desemboca en la antigua Lonja (plaza de San Francisco VIII Centenario). En ese espacio, además de disponer de la austera y acogedora presencia de la parte trasera del templo religioso, se alza un crucero de piedra y enfrente, la enorme vivienda conocida como Casa de los Corchado (también denominada de Álvarez de la Barreda y Morales o de La Capellanía), que suma más de 50 balcones y muestra su gran fachada, presidida por escudo heráldico y torreón, a un total de tres calles.

En las inmediaciones, podemos continuar descubriendo el trazado de la antigua cerca, en este caso, a través del callejón de la Hoz, probablemente el tramo más inspirador del itinerario que dibujó la antigua muralla. También cabe la opción de incorporarnos a la antigua calle Ancha, y a las de Mayorazgo y Orden de Santiago que se suceden a continuación, donde, casi sin solución de continuidad, encontramos la Casa de la Bota de Oro, la Casa de Mascaraque, la Casa del Mesoncillo, la Casa de los Tercero, restaurada y con su característico torreón, la Casa de Cultura, la Casa del Centro Parroquial y algunos otros inmuebles representativos de la arquitectura tradicional manzanareña.

Lamentablemente, desapareció a mediados del siglo XX, la Casa del Mayorazgo o Palacio de los Quesada para dar cabida al bloque de los pisos de Lillo, una aberración arquitectónica propia de la época del desarrollismo, que dejó en Manzanares heridas difícilmente curables. La casa del Mayorazgo recibió su nombre por haber pertenecido al patrimonio del mayorazgo fundado por Don Francisco de Quesada Treviño en el siglo XVIII.

A muy escasa distancia, la ermita de Jesús del Perdón, patrón de Manzanares, se asienta sobre el lugar que en el siglo XVI ocupó una antigua ermita y humilladero en lo que ahora sería el actual crucero de la iglesia con entrada desde la plaza de San Antón. En la segunda mitad del siglo XIX fue objeto de varias restauraciones. De igual modo, en 1940, tras su destrucción en la contienda civil, fue reconstruida con la incorporación de la cripta que, décadas después, en 1988, se convirtió en museo de arte sacro (no abierto al público). En 1962, la hermandad de Nuestro Padre Jesús del Perdón encargó la realización del retablo del altar mayor a Luis Ortega Bru, uno de los más célebres imagineros del siglo XX. Esculpido en madera policromada y con forma ojival, cubre todo el muro de cabecera que queda cobijado por un arco apuntado, una contribución que ayudó a embellecer el templo, en el que destacan también sus vidrieras y capillas. En 2002, la fachada fue restaurada, dotándola de la limpia y noble solemnidad que exhibe en la actualidad.

Muy cerca, en la plaza trapezoidal de San Antón, se encuentra la ermita del mismo nombre (siglo XVI) formando un conjunto de gran interés que goza de una atmósfera popular y evocadora. Construido a base de ladrillo, mampostería y tapial, el edificio religioso es un ejemplo de arquitectura exenta, lo que potencia su protagonismo en medio de la trama urbana. Su interior de una sola nave, con presbiterio y coro alto, transmite la armonía y austeridad propias de la devoción al santo ermitaño. El templo religioso está arropado por un muestrario de casas populares y solariegas de distinta tipología y apreciable valor, entre las que sobresale la casa familiar de Don Emiliano, hijo adoptivo y medalla de oro de la ciudad, eminente médico, maestro de generaciones y ejemplo de humildad y humanidad, como recuerda una placa desde noviembre de 2011, instalada por el Ayuntamiento, que le rinde justo homenaje.

La antigua Lonja de la iglesia (plaza de San Francisco VIII Centenario) en un día de nieve de enero de 2021. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

La plaza trapezoidal de San Antón acoge la ermita del mismo nombre (siglo XVI) y forma un conjunto de gran interés que goza de una atmósfera popular y evocadora. Fotografía: Zascandileando.

Bombo construido en “piedra seca” sin aglutinante, del tipo de los existentes en Tomelloso, situado en el paraje El Alojero. De acuerdo a la información contenida en el Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan de Ordenación Municipal (POM), dispone de tres estancias elípticas “cucuruchos”. Una de ellas, la principal, es de mayor tamaño y más altura que las secundarias y presenta la puerta de acceso, de 1,06 m de anchura, recortada de un trillo y orientada al sur. Tiene el mismo grosor de los muros formando una especie de pórtico con bóveda de medio cañón de 2.20 m de altura. Incorpora una techumbre abovedada con “falsa cúpula”, por aproximación de hiladas y tiene también una chimenea de forma cónica al exterior. Una de las estancias de su interior está destinada a los animales con pesebres adosados a los muros. Asociado al bombo hay un pozo formado por dos machones y dos lajas de piedra caliza. 

El Ayuntamiento acometió, en 2021, una reforma de la calle Toledo y su entorno incorporando palmeras, sustituyendo el solado, eliminando barreras arquitectónicas y mejorando, en general, la estética urbana con un resultado apreciable. Al fondo de la imagen, se observa la elegante vivienda con chaflán curvado que invita a descubrir los paseos de la Estación y la Vereda. Y, a su izquierda, el perfil de la excelente casa con torreón que hace esquina con la calle Benito Pérez Galdós. Fotografía: Pablo Díaz-Pintado Fernández-Pacheco.

Otros lugares y entornos de interés

La visita concluye en este punto aunque Manzanares no agota sus posibilidades patrimoniales. Atesora una riqueza arqueológica poco estudiada y abundantes muestras de interés industrial, bodeguero, civil, popular y etnográfico, con una colección de bombos manchegos, emplazados en fincas de labor, verdaderamente sorprendente.

Al mismo tiempo, sin salir del casco urbano, pero más allá del recinto histórico, existen notables muestras de arquitectura y tramas con entidad propia, como el entorno que circunda la plaza de San Antón o las calles Lope de Vega y Cervantes. Precisamente, en el número 16 de la calle dedicada al genial escritor universal, se encuentra el Museo PlomHist, una muy meritoria iniciativa privada, puesta en marcha por Rafael García Alcázar y Marta Muñoz en 2021, que permite visitar, en una bella casa solariega recuperada para tal fin, una exposición de 4.000 figuras de plomo, ambientadas en más de 140 escenarios con maquetas y dioramas, que representan las batallas y hechos más importantes ocurridos desde la Prehistoria hasta nuestros días.
Por otra parte, la calle Toledo, principal arteria de la vida ciudadana en el siglo XXI, conserva alguna de las escasas viviendas del constructor Pedrero Peña que han sobrevivido hasta nuestros días, además de varios ejemplos de arquitectura de influencia modernista, junto a una excelente casa con torreón que hace esquina con la calle Benito Pérez Galdós y otro elegante y glamuroso inmueble de chaflán curvado, que parece invitarnos a recorrer los paseos de la Vereda y de la Estación, donde es obligado admirar los distinguidos ejemplos de la denominada “arquitectura de salón”, que nos trasladan a una belle époque local, gracias a la prosperidad proporcionada por sus afamadas bodegas y el cercano puerto ferroviario que transportaba sus vinos, sobre raíles, dentro y fuera de España.

También revisten relevancia el Paseo del Río (Príncipe de Asturias) que corre paralelo a la avenida Cristóbal Colón, así como el tramo urbano de la antigua carretera de Andalucía, donde en las últimas décadas han proliferado las viviendas y chalets unifamiliares, o los escasos restos de arquitectura vinícola y chimeneas industriales que permanecen en sus ubicaciones primigenias como vestigios de una época de esplendor.

Fuera del casco urbano, a 14 kilómetros, se sitúa el paraje de Siles, en dirección a Moral de Calatrava, en donde se alza la ermita de la Magdalena en medio de una paisaje característico de monte bajo y parcelas con restos arqueológicos que precisarían de una atención y vigilancia hasta ahora inexistente.